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Hola a tod@s

Este es el extracto de la entrada.

Voy a comenzar con este blog  para que conozcáis mis relatos y la forma de contar cosas de nuestra tierra  con sus gentes, sus recuerdos y vivencias, sus sueños y fantasías y …el mundo real y ficticio en el que nos movemos los que tenemos la suerte de escribir por el hecho de vivir.

pasaje de una novela……

Carmen estaba feliz desde el día que recibió la visita de su niña. Las vecinas le preguntaban una y otra vez por aquella señorita que había aterrizado en su casa como por arte de magia. Nunca le conocieron familiares y nunca ella había hablado de su vida. Sabían que su marido murió en la guerra y como eran del otro bando nadie sacaba a relucir el tema por miedo a las represalias para con la viuda. No se podía saber quien ponía el oído para ayudar y quien para mal meter.

El Andrés era buena persona, pero lo liaron en la guerra y cuando terminó se echó al monte con unos cuantos que sabían más que él, pero no tenían ni su valor ni sus arrestos. Así que se pasó un año tirado por esos montes de Dios a expensa de unos y otros que dejaban comida al pie de la “encina vieja” para que subsistieran hasta que pudieran bajar. Y bajaron. Pero cuando lo hicieron fue con los pies por delante. Alguien dio el chivatazo para seguir viviendo bien a expensa de aquel que se las daba de ser el mejor cazador de rojos y  con mejor olfato que los perros de la reala del marqués.

A  Carmen se le pararon los pulsos cuando ante su puerta, una buena vecina le dio la noticia. Se echó el mantón por la cabeza y corrió camino de la salida de la aldea para que se lo dejaran en su casa. Tiradito estaba en el suelo como si fuera un fardo. La cabeza ensangrentada y la cara más negra que el alma del que hubiera hecho aquello. Como no era conocido en Azuaga lo dejaron en la aldea para escarmiento de los que quisieran sacar los pies del plato. Dos días con sus noches estuvo a la puerta del cementerio sin que nadie tuviera arrestos para acompañar a Carmen que se sentó a su lado con el mantón por encima para no ver a nadie. Gracias a que era  otoño y el calor no apretaba pudo aguantar a su lado sin moverse. Alguna vecina le llevo un frasquito de colonia con dos pañuelos blancos y limpios. Uno se lo puso ella, con unas gotas de colonia sobre la nariz y el otro le tapó la ennegrecida cara a su Andrés.  En la madrugada del segundo día, apareció el enterrador con la orden de que lo enterrase en tierra civil. Allí nadie se había enterrado en aquel sitio y Carmen no sabía donde era. Se fue tras el Eustaquio que con pala y pico comenzó a cavar un agujero fuera de  las tapias del cementerio. Pared con pared con el nicho de sus padres. Pero fuera. Era el único que se iba a quedar en medio del campo como un perro.

El Eustaquio era bueno y se le partía el corazón ver lo que tenía que hacer, así que aprovechando la soledad de la noche y la ayuda de Carmen, lo enterraron en santo junto a su suegro. Mientras Carmen picaba en el suelo con la fuerza de una loba para  terminar cuanto antes el agujero al lado de la tapia, y Eustaquio terminaba de dar sepultura. Al terminar el enterramiento desapareció para volver al rato con una oveja en los brazos con la cabeza tan machacada como la del Andrés. Carmen se le quedó mirando con tanto agradecimiento que de los ojos de él cayeron las  lágrimas de dolor que Carmen no podía soltar. Pusieron una piedra encima y cada uno se fue a su casa. Los siguientes días nadie pasó por aquel lugar donde las moscas revoloteaban sobre un montón de tierra, pero el Eustaquio echo cal viva sobre aquella tierra que cubría lo que no cubría para que las moscas se fueran y los vecinos entraran a visitar a sus muertos sin miedos a ser picados por alguna de ellas.

Nunca más cruzaron palabra sobre lo ocurrido aquella noche. Cada día de los difuntos Carmen ponía dos ramos de crisantemos, uno dentro del cementerio y otro fuera.

Con los años agrandaron el cementerio por la parte del supuesto enterramiento civil. Nadie movió restos. Aquella noche se quedó bajo los cimientos de un nuevo nicho.

Cuando el Eustaquio  se tiró al pozo, enfermo de los nervios, y la llamó su mujer para ver que hacían,  Carmen se encargo de hablar con las autoridades. No iba a consentir que le enterraran en medio de la nada. Mintió. Mintió una y mil veces diciendo que vio como se le liaba la cuerda a los pies y se caía dentro sin poder hacer nada ni su mujer ni ella, que estaban cerca. Al Eustaquio le daban ataque por los nervios y más de una vez se había caído al suelo con los ojos vueltos y echando espuma por la boca, y eso lo habían visto más de dos. ¿Quién podía asegurar que ahora no había sido igual? Nunca hablaron las dos mujeres del porqué de las mentiras que había dicho. Seguro que lo sabría. Dos que duermen en un colchón se vuelven de la misma opinión. Hoy por ti y mañana por mí……….

 

LA GOMA

A veces cerramos los ojos y sin querer nos viene a la memoria imágenes de escenas pasadas; imágenes que en su día no tenían la dimensión que tienen hoy, o la tenían pero no éramos conscientes de ella.

Una de estas estampas era la llegada de familiares que vivían en las grandes ciudades y que con suerte cada dos o tres años nos visitaban.

Viendo la película Estación central de Brasil del cineasta Walter Salles, donde unos hermanos adolescentes que viven solos reciben la visita inesperada de un hermano que desconocían y al que abren su casa y su corazón,volcándose con todo el cariño guardado año tras año de soledad y que en la primera ocasión que tienen se desbordan dando lugar a escenas de emoción contenida, hace que  evoque cuando de pequeña y no tanto, venía algún familiar. Nuestra vida cambiaba. No sólo venía la prima o la tía… venía Madrid, Córdoba, Barcelona… Nuestra casa se convertía en un bullicioso hotel de idas y venidas, de tertulias extravagantes y un poco cinéfilas al unirse la historia con las fantasías contenidas de largos inviernos en las que los protagonistas eran los libros, los cuadernos, la radio, las largas noches de agua y viento, alumbrados por la tenue luz de alguna retorcida vela sustituta de la bombilla en el cotidiano apagón de luz.

Lo cierto es que aquéllas visitas me hacían importante ante mis compañeras, al mostrarle algún que otro regalo traído de la capital.

Recuerdo especialmente uno de aquellos obsequios. Era una goma de borrar grandísima, enorme para ser una goma; de forma rectangular y que pesaba casi cien gramos. ¡Uf fui la reina durante semanas! por mucho que prestara la goma, no se le notaba el desgaste. La goma tenía otras funciones, por ejemplo: de pelota entre clase y clase. Volaba del primer pupitre al último y así paseándose por los aires de un rincón al otro de la clase. Claro  que me extrañaba que aquella situación durase mucho tiempo y más conociendo a la monja de turno a la que en alguna ocasión le había rozado su almidonada cofia.

El principio del fin fue la requisa por parte de la Hermana, y su final último, la división en pequeños pedazos.

No me gustó nada aquel reparto de la propiedad ajena y sobre todo por alguien tan ajeno a la propiedad; pero lo que más me dolía era perder mi reinado en la clase .Se acabó la goma se acabó el protagonismo; protagonismo que venía de la capital y de los tesoros que en ella había…

Me he salido un poco del tema,  presa de los recuerdos!!

Estaba recordando imágenes grabadas en nuestra memoria o en nuestra retina y que salen a la luz en un  momento dado y cuando surgen intentamos buscar su paralelismo en escenas de hoy. Pero no las hay porque no sólo hemos cambiado nosotros. Ha cambiado el espacio y el tiempo… Madrid, Córdoba o Barcelona lo tenemos a diario a través de la televisión o de cualquier otro medio; y los primos cuando vienen te cuentan pocas cosas nuevas. La luz no se va y las velas no se retuercen por el calor, ahora huelen a frutas o a flores y las ponemos para decorar la casa. Los inviernos son tan alegres como los veranos….

Somos adultos y soñamos poco. Y  la fantasía se quedó partida y repartida, como mi grandísima goma de borrar.

Recetas en época de escasez 1944-1950

                                           Comidas de invierno

Salmorejo

Se poner a hervir agua y cuando está caliente se le incorpora un majado de un poquito de ajo, unas hebras de azafrán, un poquito de aceite, un chorreoncito de vinagre y dejar cocer durante diez minutos, acto seguido se le ponen un huevo por persona para que se escalfen en el caldo y se le miga pan para dar consistencia.

Se tomaba en invierno.

                                               Puchero o Cocido

En estos años el puchero se enriquecía con un jarrete de borrego o carne de pescucezo. Se le ponía además del tocino añejo, tocino fresco y morcilla negra y de lustre sin faltar el trozo de espinazo.

Se tomaba todos los días del año. Si los hombres de la casa trabajaban en el campo, el cocido se comía de noche para que comieran caliente.

 

Navidad

Escabeche de pollo de campo o corral (comían lo mismo)

Se troceaba el pollo y se ponía a cocer con cascara de naranja, pimienta en grano, una hoja de laurel, sal y unas hebras de azafrán. Una vez tierno se pone a escurrir. Se baten los huevos necesarios, según cantidad de pollo, para pasar las presas por huevo y después por harina para freírlas en aceite bien caliente. Una vez fritas se van poniendo en la cazuela con caldo de cocción. En ese aceite se fríe un poco de pan que se majara con dos o tres  ajos asados, cascara de naranja nueva, una hoja de laurel tostada y un chorreoncito de vinagre; se le incorpora y se pone un par de minutos al fuego. Si se quiere más color se le añade un poquito de colorante.

 

                                                Carne a la orza

Cuando se hacía matanza se tenía muy en cuenta que los productos durasen  todo el año; en el caso del chorizo, el salchichón o las morcillas así como de los jamones, estaban asegurados por el proceso de conservación con los aliños o las tripas, pero con el resto de la carne había que conservarla el máximo tiempo posible con otras técnicas, por ejemplo a la orza:

 Para ello se troceaba y se freía en la manteca del cerdo;  previamente se habían adobado con un majado de  ajo, sal,pimentón , una vez frita se guardaba con la manteca ,en tinajas  de barro que tapaban con una tapadera de madera para que pudiera traspirar y se iba sacando según la necesidad.

 De la manteca que quedaba al final y que había ido escurriendo el sabor de la carne así como el adobo, se utilizaba para untar el pan en los desayunos; había quien directamente hacía la manteca para untar friendo el hígado adobado machacándolo hasta que quedaba muy fino y así en recipientes pequeños y de barro  tenían está manteca para el uso de el desayuno o la cena y que era conocida como “manteca colorá” por el color que le daba el pimenton.

 

Carnaval

Sopa dorada

En una cazuela de barro se ponía pan rebanado en finas lonchas, un poco mas grades que para las migas. Se le picaba ajo y culantro y se cubría del caldo de cocido. Se ponía a cocer durante diez minutos, para que el pan cogiera el sabor. Al finalizar la cocción se cubría la cazuela con una tapadera metálica y se cubría de ascuas para que dorase la superficie.

                                                        

Semana Santa

Potaje de garbanzos

Los garbanzos en remojo de la noche anterior se ponen a cocer con espinacas o tallos junto con un refrito de cebolla, ajos y un tomate. Cuando están tiernos se le añade un majado de ajo crudo, comino y poquito de vinagre.

Se le puede añadir bacalao, según presupuesto.

 

Repápalos

Hacer una mezcla de miga de pan, ajos picados, culantro picado, y huevo batido. Se van haciendo pequeñas tortillitas del tamaño de una cucharada y se fríen.

Hay dos bases de caldo:

1.- majar cascara de naranja, pan frito, ajo frito y hebras de azafrán y poner a cocer en agua y después de quince minutos de cocción incorporar los repápalos y dejar cocer cinco minutos.

2.- freír, cebolla, ajo, y tomate, machacarlo bien y ponerlo a cocer en agua con un clavo de olor. Tras quince minutos de cocción echar los repápalos y dejar cocer cinco minutos.

 

Sopas porqueras

Se hace una tortilla de espinacas que sea finita, se trocea. Se pone a hervir agua con un majado de ajo, culantro y azafrán, una vez haya cocido un acuarto de hora se le incorpora la tortilla troceada y se deja cocer unos diez minutos.

 

Escabeche de bacalao-boquerones- pescado

Se limpia el pescado, se pasa por huevo y harina y se fríe.  En una cazuela con agua se pone a hervir un majados de cascara de naranja, pan frito, ajo frito y hebras de azafrán y después de quince minutos de cocción se incorporar  el pescado. Al final se le pone una hoja de laurel tostada.

 

Verano

 

Gachona

Se ponen para asar pimiento rojo y tomate y unos ajos, según gusto. Una vez asados se pelan y se trocean, se aliña con sal ,aceite y vinagre. Se suele acompañar coronando el plato o bien con un huevo frito o sardinas asadas.

 

Gazpacho

Se maja los ajos con sal, se le añade el aceite y se sigue sobando hasta que se convierte en una pasta ligera, se le añade pan mojado y a continuación el tomate troceado; todo ello añadiéndole el aceite poquito a poquito. Cuando ya está hecho el majado bien, se le añade el vinagre y a continuación el agua poco a poco hasta quedar en la consistencia deseada.

Hacer el gazpacho al igual que las migas era un autentico ritual que ejercían los mayores de la casa, pues se tardaba su tiempo en el proceso.

 

                                               Feria de Agosto

                                          Tapas de  lechoncito.

Se trocea el lechoncito en tapas y se adoba con ajo machacado sal y pimentón y un poquito de aceite, se lodan bien los trozos de lechón  y se deja de un día para otro. En aceite no muy caliente  se van riendo las tapas a freír  para que se hagan bien y después se le sube el fuego para que se doren por fuera.

 

                                          Comida de todo el año

                                                   Tomates fritos.

Durante el verano se comían tomates con sal o tomates fritos con lo que hubiera, ya podían ser patatas, carne pescado, huevos o solos para mojar pan. Había semanas que los tomates bajaban de precio porque crecían todos a la vez y en ese momento se compraban para embotellar y tener todo el año. Era un ritual más laborioso que trabajoso.

Se pelaba el tomate y se troceaban. Se ponían en un lebrillo de barro y se le echaba diez gramo de acido borico por arroba de tomate, es decir por 11.50Kg.se dejaba reposar 24 horas para que fermentase y acto seguido se embotellaba en botellas de cristal y antes de tapar la botella se echaba un corrito de aceite para conservar. De esta forma había tomate todo el año, aunque no todas las botellas se conservaban bien, alguna al abrirlas se habían estropeado, pero eso estaba dentro del proceso y era normal.

 

Recetas en época de hambruna 1936-1944

En unas mesas había unas y en otras había otras…en el resto las sobras de unas y otras.

Escabeche de pencas de acelgas

 Se separan las pencas blancas del resto de la hoja y se ponen a cocer una vez troceadas con un poquito de sal. Cuando están tiernas se sacan y se escurren y se reserva el agua de la cocción. En un plato se pone un poquito de harina y agua y se hace una pequeña pucha para ir pasando por ella los trozos de penca que se freirá en aceite bien caliente, una vez que se han frito todas, se hace un majado con cáscara de naranja un poco de azafrán en rama, pan tostado o frito, un ajo y un poquito de vinagre y se incorpora a las pencas con el caldo.

Hoy se sustituye la pucha de harina y agua por huevo batido.

 

 

  Acelgas esparragadas.

Se trocea las hojas verdes y se ponen a hervir con agua y un poco de sal, una vez están hervidas se ponen a escurrir. En una sartén  se fríe un ajo y un poquito de pan y se maja con comino y un poquito de vinagre. Se ponen las hojas verdes a rehogar en la sartén con un poco de aceite y una vez están rehogadas se le incorpora el majado con un poco del caldo de la cocción y se deja al fuego  un par de minutos.

 No podemos olvidar el refrán de que “majao” cocido “majao” perdido

 

                                                       Patatas viudas

Se pelan y se trocean las patatas y se ponen a hervir con un chorreón de aceite, sal y un poco de pimentón  molido. A la hora de servir se le pone un poquito de vinagre.

 

                                                     

 

                                                 Patatas estofadas

 

Se trocean las patatas y se ponen a rehogar en un poquito de aceite caliente, una vez rehogada se le pone un majado de ajo,  comino y  hebras de azafrán y una vez estén ya para tomar se le incorpora un poquito de vinagre.

 

                                              Trigo para Arroz

Se tronza el trigo y se pone a remojo durante un día o dos dependiendo la dureza del mismo. Una vez que está medio tierno se fríen ajos, un tomate y  un poquito de cebolla, se rehoga todo y se le añade agua hasta que está cocido. A veces se le ponía un poquito de bacalao, si se tenía, para que le diera más gusto. O un trozo de espinazo adobado.

 

                                                   Algarrobo

El Algarrobo produce una fruta que es una vaina alargada y en el interior hay unas pequeñas semillas. A estas vainas se le llama algarrobas hasta el año del hambre servía de alimento para los animales.

Las semillas se cocinaban como sustitutivo de las lentejas; se ponían en remojo el día anterior hasta que la vaina se ablandaba y se extraía de ellas las semillas que si estaban tiernas se ponían a cocinar, de lo contrario se dejaba otro día más en remojo hasta qué estuvieran a punto para ser cocinadas con un poquito de aceite, un ajo, un tomate y cebolla. Se ponía todo a cocer y una vez alcanzado el grado de cocción se servía.

 

                               

                                                           Migas

El pan es la base  e ingrediente principal. La noche anterior se rebanaba en finas lonchitas y se regaba con agua y sal y se tapaba con un paño para que mantuviese la humedad.

Se ponía aceite en una sartén de hierro y se freían ajos y trocitos de tocino que no fuera añejo. Se sacan de la sartén y se incorpora el pan humedecido de la noche anterior y no deja de darse vuelta y picotearlo con la cuchara hasta que no estén hechas. Se le incorpora el ajo y los trozos de tocino. La mejor acompañante eran las sardinas embarriladas que previamente se habían prensado dentro del papel de estraza en el que la habían servido.

Era un plato que igual servía para el desayuno que para la comida de medio día.

 

                                            Calostros y sueros

En verano los calostros que sacaban de las vacas recién paridas y el suero, se migaba con pan y miel y era un majar para niños y mayores.

 

 

                                                      Puchero

Los garbanzos y garbanzas se ponían la noche anterior en remojo con sal. Al día siguiente y en agua fría se ponían los garbanzos con un trozo de hueso de jamón (que había sido cocido otras veces y se llamaba sustáncielo) tocino añejo y un trozo de carne de pescuezo de borrego o chivo, y espinazo de cochino, una patata y morcilla lustre  de cordero y negra de cochino. Se dejaba cocinar durante  tres o cuatro horas a fuego lento y añadiendo agua caliente cuando mermaba el caldo. En el caldo se migaba pan y era un primer plato, después los garbanzos se servían con un tomate y un chorreón de aceite formando el segundo plato. La pringa la dejaban para los hombres que trabajaban y necesitan más sustento.

 

Continuaremos  otro día, con las recetas en época de escasez.

 

Cuando San Pedro era un día grande

Nos quejamos de que ahora hay muchas fiestas, bueno se quejan algunos porque otros… los trabajadores por cuenta ajena están encantados. Pero si echamos la vista atrás, vemos como antaño se proliferaban fiestas que hoy ya no se celebran. Aquí en Azuaga se celebraban por todo lo alto días como  La Asunción,  la Ascensión, San Juan, San Pedro, Santiago, la Virgen de la Aurora que tenía su velada como la tenía también Santiago…. y así un buen número de festividades que hoy se han perdido, mitad debido a que la Iglesia ha recortado festividades adaptándose al calendario laboral de hoy y otra mitad porque han resurgido fiestas que no tienen su origen en las santidades.

¿Y a qué viene esto en la festividad de San Pedro? Pues recordando conversaciones con octogenarios y nonagenarias que reviviendo esta festividad se le iluminaban los ojos. Y curiosamente a San Pablo no se incluía, será por aquello de representarlo con una espada, como San Pedro va con las llaves, es más cercano.

San Pedro era un día grande, me decían, tan grande que no se trabajaba ni en el campo ni en ningún otro sitio, bueno en el campo un poco a primera hora porque tenían que echar de comer a los animales, pero después se venían para el pueblo; había que estar bien aseaos para la procesión alrededor de la Iglesia, porque se sacaba al Santísimo. Y después  estaban los bailes que en este día ya se abrían los de verano…El quiosco, las delicias, el salero, los claveles….. ¡Qué bien lo pasábamos la juventud!

San Pedro era un día grande para todos, para los hombres y para las mujeres, porque los otros eran más para las mujeres que estábamos en el pueblo. Pero en este venían a “jorgar” los del campo que llevaban sin venir desde la Semana Santa. Y después otro tirón hasta la feria de Agosto.

En San Pedro estrenábamos el vestido que después nos volvíamos a poner en la feria; a veces se le había hecho algún cambio al del año anterior y se volvía a estrenar. Recuerdo un día de San Pedro, que cayó una diluvia tan grande que a más de dos se nos estropeó el vestido y no pudimos ponerlo en la feria. Claro que peor fue una amiga mía que estaba en alivio de luto y llevaba la falda negra con una blusa clarita y la falda se la habían teñido, porque antes se teñía la ropa más vieja y servía para los lutos, y cuando comenzó  a llover aquella falda empezó a soltar negro  que cuando llegamos a su casa iba la pobre hecha un eccehomo; y después dicen que no es normal los cambios de tiempo que hay hogaño. Así ha sido siempre y seguirá siendo,  unos años te asas y otros años puede pillar un remojón. Lo que no vuelven son las ilusiones que teníamos entonces. Cuando pregunto a mis nietas si hoy es festivo, me miran como si hubiera perdido la cabeza sin darse cuenta que quienes están perdiendo referencias son ellas…bueno pierden las nuestras,  ellas tendrán otras aunque no estén en el calendario… aunque eso no lo veo bueno, porque el calendario te recuerda año tras años lo que debes de tener en cuenta para no perder el norte y ubicarte en el día a día.

En fin…Feliz día de San Pedro y San Pablo.

 

Sin luz de luna o estrellas

SIN LUZ DE LUNA O ESTRELLAS

 

Y se cerraron las puertas.

Y chirrió el cerrojo.

Y prendieron las ascuas

sobre su tibio rescoldo.

 

Ni  la luna puso luz,

ni las estrellas brillaron

cuando su cuerpo se  abrió,

ante el brío de otros brazos.

 

Humor con humor se unió

al son de un quejido sordo

en guitarra de pulso y piel

que esperaba ser del “otro”.

 

Se deshicieron las horas

junto a una luna robada,

y aparecieron estrellas

en la habitación cegada.

 

Crujió de nuevo el cerrojo

Y  tras la puerta entornada,

dos cuerpos entrelazados

se convirtieron  en  guitarra

con quejío de cante jondo

que salía de sus entrañas.

 

Mientras…

en el campo…

la luna moruna estaba,

con brillo de joven novia

para saludar al alba.

 

 

 

 

 

 

Régimen y delgadez impuestas

 

 

Después de 80 años los españoles y en este caso particular los azuagueños que vivieron la hambruna de la postguerra,  se encuentran con unos recuerdos que son selectivos y como en los sueños, se sienten viendo una realidad como observadores más que como protagonistas, si bien desde ese lugar excepcional que tienen los observadores, estén graderío o en palco principal, te narran lo que vieron. Y vieron cómo el cocido a base de garbanzos y un trozo de hueso y tocino añejo era la comida del día a día durante todo el año;  en las noches el protagonista era el gazpacho migado por los pocos trozos de pan que se destinaban a dar consistencia al caldo que si en verano era rojo por el tomate en invierno lo era por el pimiento seco machacado o era blanco por el ajo y alguna almendra recogida durante la época en la que esa fruta colgaba del árbol o estaba caída en el suelo, y como no, la familiar sardina.

Pero desde esa visión retrospectiva y siempre como observadores y no como sufridores directos, veían como vecinos suyos echaban mano de los algarrobos, comida para los animales,  qué abriéndolos les sacaban las semillas qué puestas a remojo sustituían  a las ausentes lentejas. También las bellotas y castañas  cocidas servían para aliviar estómagos hambrientos. Alguno corrió aun peor suerte y su plato eran las peladuras de las patatas y de alguna fruta que caía de alguna mesa de altas patas… Los alimentos que años antes habían servido para dar de comer a los animales hoy eran para el hombre su plato fuerte. En el caso del algarrobo, allá por la década de los cincuenta lo comíamos los chiquillos como chuches pues la vaina tenía un sabor dulzón.

El trigo era la base de toda la alimentación; unas veces se tronzaba y después de ponerlo en remojo durante un día o dos, servía para ser cocinados como el rico arroz de antaño. Si se molía fino, con esa harina se hacía pan  y si se tostaba  se convertía en la base de una rica papilla para niños y  ancianos. La harina   también se amasaba con huevo y agua y en la máquina de picar la carne para la matanza, en épocas de bonanza, le ponían una placa de agujeros finos por donde salían unos fideos gordos que se ponían a secar sobre la caña de la escoba que apoyada sobre dos sillas al sol, hacia  de secadero

El pan, base para la sopa de ajo o de tomate o las migas que han llegado hasta nuestros días sus recetas. Las pobres e ilustres patatas  cambiaban de posición según el lugar en  el plato se encontrase. Si el plato estaba sobre mesa y mantel podían llamarse patatas estofadas y qué como acompañante en la olla tenía a un ajo machacado, un chorreón de aceite, unas gotas de vinagre y unas hebras de azafrán tostado; pero si el plato que cubría no estaba sobre ningún mantel, se llamaban patatas a lo pobre y los ingredientes eran un chorrito de aceite, vinagre y pimentón molido. Más de lo mismo pero con la distinción del mantel y de las hebras de azafrán.

Los niños chicos necesitaban proteínas y nada mejor que los perritos recién nacidos para alimentar a los raquíticos delfines que no conocían procedencia del plato y que no por ser comida ordinaria eran menos requeridas por abuelas y madres desesperadas.

Quién tenía una huerta o corral con terreno, tenía asegurada la temporada de verano, pues el asadillo de tomate y pimiento con la ilustre sardina coronando el plato era un manjar diario que aún hoy es muy requerido en los días calurosos. Las acelgas eran muy apreciadas por nuestras octogenarias, como lo eran los cardos o los cardillos. De las acelgas sacaban  dos platos bien distinto: de las pencas cocidas y rebozadas en una masilla de harina y agua  para freír, daban lugar a un escabeche de pobre, y  con la parte verde se hacía un plato de acelgas esparragadas con la ayuda de un majado  de pan tostado, ajo, comino y al final un poquito de vinagre.

Presente en cualquier casa estaba el tomate. Durante el verano se comían tomates con sal o tomates fritos con lo que hubiera, ya podían ser patatas, carne, pescado, huevos o solos para mojar pan. Había días durante la temporada de verano que los tomates bajaban de precio porque crecían todos a la vez y en ese momento se compraban para embotellar y tener todo el año. Era un ritual más laborioso que trabajoso.

Se pelaba el tomate y se troceaban. Se ponían en un lebrillo de barro y se le echaba diez gramo de acido borico por arroba de tomate, es decir por 11.50Kg.se dejaba reposar 24 horas para que fermentase y acto seguido se embotellaba en botellas de cristal y antes de tapar la botella se echaba un corrito de aceite para conservar. De esta forma había tomate todo el año, aunque no todas las botellas se conservaban bien pues alguna al abrirlas se había estropeado, pero eso estaba dentro del proceso y era normal.

 

Un apartado especial es el dedicado a la ilustre raspa o no la menos ilustre cola de bacalao. Servirá para realzar unas patatas pobre o unos garbanzos cocidos o esas patatas viudas que con la presencia de la ilustre y soberana raspa o cola, perdía su viudedad para convertirse en la guapa del baile.

En la distancia, a las viandas se le ponían muchos aderezos, pero en aquel entonces no los había, esos vinieron después para realzar los platos, que aun sin ellos, sabían a gloria. Pero eso es lo que tiene la memoria, que recuerda no solo lo que pasa, sino que con el paso del tiempo los deseos se vuelven en realidades vividas, aunque sean en el rincón de lo imaginado.

 

Se comía lo que daba el tiempo, porque ni había dinero ni había productos que comprar. Funcionaba el trueque. El trueque era la mejor moneda de cambio, y así poco a poco la hambruna pasó a ser objeto de caridades de unos o de canalladas de otros. ¡Cuántas madres vendieron su horadez, virtud o vergüenza por un pan puesto en la mesa de su casa! Y  fue la capacidad de adaptarse al trueque lo que hizo que los pueblos no murieran de hambre aunque sí de sus consecuencias. El artesano trabajaba y a cambio le regalaban un cochino que tendría que arreglárselas para alimentarlo, pero que ya se encargaría de que en época de matanzas estuviera para dar de comer con sus carnes todo el año. Los que vivieron en el campo a pesar de las penurias, la tierra los alimentaba; conocían sus hierbas y como miles de años antes la caza les ayudó a sobrevivir.

Todo el mundo tenía un olivo en el corral o dos y esos árboles milenarios y silenciosos se llenaban de aceitunas que eran recogidas para llevarlas a la almazara y canjearlas por el oro verde imprescindible en cualquier hogar, pero sin olvidar reservar unas buenas pocas para aliñarlas para el año, que después con un trozo de pan y un puñado de aceituna acompañado de una copa de vino peleón eran la cena de más de una casa.

Los patios tenían una parra, que daba sombra en verano y daba uvas a cambio de ser regadas. Un buen vinagre salían de parte de estas uvas y que sabían hacerlo en casa. Todas las comidas llevaban su chorrito de aceite y su chorrito de buen vinagre.

Las estraperlistas que iban hasta la ciudad para comprar conservas, café o azúcar. Cuando se compraban una latita de sardinas para comer en el largo viaje (a veces de Azuaga a Badajoz se tardaban dos días) escurrían el aceite en un botecito para llevarlo a su casa y hacer partícipe a los suyos mojando pan en él de aquel extraordinario obligado por el viaje.

No se tiraba nada. Todo servía. Con unas pocas de hojas de espinacas, culantro y un huevo estaban hechas las sopas porqueras.

Y así fue pasando la década del 36 hasta el 45, más conocida como  “los años del hambre”, después vendrían los “años de escasez, del 45 al 51” pero en esos ya se vislumbraba un horizonte que aunque con espinas se veía alguna rosa, fuera del color que fuera.

Y así pasaron unos años  que hoy desde la distancia, fueron pocos los que los sufrieron y muchos los que lo vieron en piel ajena; aunque esta apreciación sólo es debida  a la selección que hace un cerebro inteligente capaz de sobrevivir en ínfimas condiciones y olvidar lo que se quiere volver a vivir.