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Hola a tod@s

Este es el extracto de la entrada.

Voy a comenzar con este blog  para que conozcáis mis relatos y la forma de contar cosas de nuestra tierra  con sus gentes, sus recuerdos y vivencias, sus sueños y fantasías y …el mundo real y ficticio en el que nos movemos los que tenemos la suerte de escribir por el hecho de vivir.

Aldonza

“Nunca fueran caballeros

de dama tan bien servidos”

Ahí comenzó la historia

de un amor desabrido.

Don Quijote,

todo un hombre

que enamorado de su ama

truécale el nombre y linaje

para convertirla en dama.

Aldonza Lorenzo

labradora fuera.

Más ante los ojos

del Quijote

emperatriz de la Mancha era.

 

¡Qué loco que está

este hombre!

se reía la muy villana.

Más entre sueños de alcoba

veíase en dama soñada.

 

 

Más ¿qué diría la gente

si a sus lisonjas  cediera?

¡Que había  perdido el sentido!

¡Qué loca, si por loco estuviera!

Que era mejor burlarse

de quien un día la viera,

no como mesonera torpe,

sino como gentil gacela.

 

¡Qué sabio es el amor¡

Que saca de las entrañas

lo que uno pudiera ser

sí la vida no diera la espalda.

 

                                        Quién hubiera dicho a Aldonza

que tras siglos de que muriera,

seguiría viva,

en la memoria,

gracias a que un “loco insigne”

sus pupilas contrajera,

al ver  ante él

a un ángel que

por alas, su mandil extendiera.

Premio de Poesía “Cervantes: 400 años después”

EL VESTIDO

EL VESTIDO

¿Por qué estaría obsesionada con sacudir el vestido una y otra vez como si con cada pasada amorosa unas veces y agresivas otras, cambiara de forma, color, tejido… vestido de día, de noche, de trabajo, de boda…su querido vestido?

La miraban de reojo para que no se sintiera observada, al  verles repetir el mismo ritual cada vez que volvía de aguantar las largas colas  ante los cajones harinosos de la tahona. Y día tras día un surco más en su bello rostro, que en más de una ocasión habían comparado con el de  las modelos  del pintor cordobés. El mismo en el que tiempo atrás, fuera el espejo donde se miraba toda la familia y donde él, su joven y querido esposo, encontró la fuerza para salir con los pantalones impolutos, hasta la cárcel del pueblo con la seguridad sin esperanza, de su último paseo en un camión cubierto por una lona que no podía ocultar la vergüenza de unos  y el miedo de otros,   que le llevaría al paredón del cementerio.

Sentadas alrededor de una mesa comían lo poco que había en la olla acompañada  con un buen trozo de pan con resto de harina; todas comían con ávidos; todos menos María que lo tocaba con los ojos perdidos y dibujado un rictus, en su cada vez más ajado bello rostro, y que nadie adivinaba a descifrar.

Los días pasaban lentos y monótonos para unas, ilusionados para otras y llenos de… ¿de qué? para ella. En ese paso lento del tiempo, su salud se resentía y su obsesión por lavar una y otra vez  su único vestido, cada vez era mayor. Su madre y hermanas no entendían porque se ponía cada día aquel traje con el que se casó una noche de lluvia y truenos de pólvora.

Aquella mañana no pudo levantarse de la cama y su madre  se echó el mantón por los hombros camino a la larga cola ante la tahona. Al volver vieron como el pan era más pequeño y los trozos hubo que reducirlos a la mitad. En los días posteriores, a la monótona olla le acompañaban cada vez trozos más pequeños del tan deseado pan…hasta que un día desaparecieron de la mesa.

La familia no se explicaba que estaba pasando. Le pedían  a María que fuera  ella, que siempre lo había conseguido, pero María no podía tirar de su cuerpo a pesar de mirar su vestido azul que tanta  vida y fuerza le dio durante meses…pero hoy  ya no se las daba.

Una mañana vio salir a su hermana de la habitación tras pellizcarse las mejillas para dar color a su blanquecino rostro…

Al llegar la hora de la comida alrededor del puchero y al lado de cada plato había un nuevo y extraordinario  trozo de pan…. ¡Comieron con avidez y desapareciendo hasta las migajas!…..todos menos los pedazos  de Carmen y María que tenían sus ojos fijos en el plato, como si de ello dependiera sus vidas.

En un momento de silencio atronador, María  cambio su pan por el de su hermana, en ese instante sus miradas se cruzaron y una lágrima de fuego corrió por sus mejillas a la vez que María, amorosamente,  comenzó a sacudirle el vestido.

 

 

Que es el miedo?

Llamé al taxista para una hora antes de la salida del tren. A pesar de vivir cerca de la estación de Atocha, quería prever imprevistos que me hicieran perderlo y tener que madrugar al día siguiente, amén del desastre de modificar reservas. En fin, lo veía como una auténtica catástrofe.

Preparé la ya casi dispuesta maleta que no le daba tiempo a sentirse cómoda en el altillo del vestidor, cuando  la estaba abriendo y llenándole la panza con cada vez menos atavíos. Nada que ver con aquellos primeros desplazamientos en los que a la maleta le acompañaban algún que otro bolso que me aseguraban el llevar media casa a cuesta, para que los dos días que estuviera fuera, me sintiera rodeada de todo lo que cotidianamente preveía utilizar, y que después no necesitaba para nada. Ahora es justo lo contrario, y aún tras un viaje, llego a la conclusión que con la mitad de equipaje hubiera tenido suficiente.

Me cercioré de llevar lo auténticamente imprescindible: resguardo de billetes de tren, de hotel, documentación sobre los contertulios. Con algunos había compartido café y mesa, otros no tenía el gusto de saber quiénes eran. Imprescindible, el portátil; tenía que aprovechar el viaje para ir organizando la intervención.  Aunque en estos casos, en los que son varios los colaboradores, se sabe cómo se empieza pero no los cauces que va a tomar tras la intervención de cada uno de los asistentes. Podemos comenzar por Barcelona y terminar en las antípodas. No sería la primera vez que pasaba.

En fin, un último repaso no está mal, antes de esperar el timbrazo en el portero automático que me anunciara que el taxi estaba en la puerta.

Mire el reloj una vez más. No dejaba  la manía de mirar el reloj continuamente, como si con ello  las manillas de este, se aceleraran. Y no estaba nerviosa, solo que ya estaba con todo preparado y necesitaba dar el siguiente paso. El timbre sonó. Cogí todo lo previsto y me lance hacia la calle, no sin antes echar un último vistazo a mi alrededor por si algo se quedaba fuera del bolso de mano y la maleta.

Atravesé el acerado y allí estaba Juan esperando, puerta en mano y echando un vistazo al equipaje para tomar la determinación de  donde emplazarlo.

-Buenas noches señorita. ¿Otro viaje largo o corto? – me decía a la vez que iba entrando el equipaje en el maletero.

– Buenas noches, Juan. Pues será cortito si no se complica – contesté a la vez que me iba subiendo al coche.

– Pues vamos a tener que dar un pequeño rodeo.

-¿Y eso? – pregunté un poco contrariada.

– Manifestaciones imprevistas. No sé muy bien  que reivindican, pero sí que hay que cambiar la ruta. Está cortada la zona de Cibeles. Así que será mejor coger Menéndez Pelayo hasta la plaza de Mariano Cavia  y  de ahí a la estación.

– ¡Con tal lleguemos a tiempo!

– No hay problema vamos con tiempo de sobra y el recorrido no tiene porque complicarse.

Primer imprevisto. No voy a pensar en desaguisados para no atraerlos pero me da mala espina iniciar el recorrido dando rodeos.

Efectivamente en el tiempo previsto hicimos la ruta, lo que hizo que disfrutara al poder atravesar la estación dando un paseo sin las premuras de ajustes innecesarios. Miré el reloj del hall, otra manía la de comprobar que el oficial y el de mi muñeca marcaban lo mismo. Estamos llenos de movimientos involuntarios que se han ido afianzando en nuestro modus vivendi a fuerza de repetición, con la curiosidad de que justo cuando has iniciado la acción percibes que estás haciendo algo que te fastidia hacer, por lo inconscientes  que son.

Faltaban quince minutos para la salida de mi tren, opte por esperar en el andén así podría ir sin últimas prisas y disfrutar de la llegada y salida de otros trenes. No soy de las pocas, sino de las muchas personas que se sientan para ver el ir y venir de viajeros con o sin maletas, con o sin compañeros de viajes, a sabiendas o no de cómo y a dónde dirigir sus pasos. Cuantas historias singulares y anónimas. Cuantos sueños sin cumplir o cuantos sueños cumplidos al bajar o subir de un vagón, y que un día  jugando con  trenes, introduciendo un papelito muy doblado en una de los pequeños y coloridos vagones, pusieron en movimiento hasta hoy, la llegada a un destino que aunque olvidado,  ya estaba escrito.

Una voz anónima y a la vez familiar anunciando la entrada del tren con destino Barcelona me sacó de mis ensoñaciones, haciendo que las quedara atrás para iniciar el  camino a mi inmediato destino.

No sé porqué extraña razón, y aun sabiendo que hay tiempo suficiente para dejar bajar a los viajeros  y después subir sin prisas, nos precipitamos como si el pájaro metálico ignorante de nuestra presencia fuera a iniciar su vuelo quedándonos en tierra, no pudiendo cumplir con nuestros compromisos. Pero así es. Aun a sabiendas, por lo repetido del ritual, aligeramos los pasos para acortar distancias entre nuestro equipaje, que en estas ocasiones siempre pesa más de lo que quisiéramos, y los dos peldaños para subir al vagón del tren.

Tras acomodar la maleta tomé asiento no sin antes cerciorarme de que viajaría en dirección a la locomotora. En caso contraria tendría que viajar de pie o cambiar el billete, no creo que  Miguel Ángel hubiera pasado ese detalle por alto. Pregunte a la azafata que me confirmó la dirección del asiento orientado a la locomotora. Tras un respiro de satisfacción acomode el respaldo del asiento  para que la inclinación me permitiera trabajar una vez saliéramos de la estación y todos los pasajeros estuvieran ocupando sus respectivos asientos.

Pasados unos minutos el tren comenzó a deslizarse suavemente por las vías hasta salir del andén primero, y segundos más tarde de la estación; a medida que iba cogiendo velocidad para acortar distancias a lo largo de las tres horas y pico que duraría el viaje.

Al pasar la azafata ofreciendo los diarios y revistas, estuve tentada de perderme dentro de las noticias de la prensa rosa y ponerme al día por si acaso me hiciera falta, pero a medida que alargaba la mano la boca decía no. Debí de confundirla ante la doble contestación, una verbal diciendo no y la postural alargando la mano. Sonrió ante mi doble respuesta. Yo hice igual en tono de complicidad.

Cerré los ojos y me dispuse a relajarme oyendo, a través de los auriculares facilitados por la auxiliar, uno de los canales de música que ofrece el sistema del tren. Conseguí aislarme  al escuchar distintas piezas clásicas, unas más conocidas y populares y otras menos pero que consiguieron llenar de paz mi ajetreado cuerpo. Ese cuarto de hora o quizás más, había conseguido desintoxicar el día en el que había habido una amalgama de sentimientos encontrados.

Pedí a la azafata una cerveza a la vez que comencé a sacar de la cartera los folios en los que tenía algunas anotaciones sobre el miedo. Esperé el líquido espumoso antes de coger el bolígrafo. En la espera observé por la ventanilla los campos al atardecer y pensé: cuantos seres vivos cerrarían hoy sus parpados esperando un amanecer que no llegaría  jamás, por lo menos en esta forma de vida que conocemos.

Una voz suave me sacó de mis pensamientos. Una leve sonrisa, la forma de agradecer el presente.

Di un trago  y tras una nueva ojeada a esos campos iluminados por un sol que moría, me puse a trabajar sobre la mesa en la que se iban a exponer distintos enfoques sobre. “¿El miedo vende?”

En principio tendríamos que hacer distinción entre el miedo innato y el miedo adquirido. El innato es esa emoción que nos mantiene en alerta ante una situación de ataque y  en consecuencia de defensa, y es común tanto en humanos como en animales. Es algo primitivo como la naturaleza misma. Nuestro cerebro está programado para cazar y recolectar. Y en paralelo a esa programación lenta e imprescindible para la supervivencia nuestro medio ha evolucionada tan deprisa que es necesario una nueva programación para poder hacer frente a las defensas de hoy. ¿O quizás no sea necesario?

Hoy en la sociedad occidental el miedo se ha disparado a extremos insospechados hasta convertirse en obsesiones; así hay obsesión por la salud, por la comida, por la química en los alimentos olvidando que el propio alimento es química……

El estado del bienestar ha originado el miedo a perder todo ese estado de equilibrio entre lo que quieres tener y tienes.

 En oriente los miedos no existen, y si existen son mínimos comparados con los occidentales. Tampoco hay anorexia o bulimia y la depresión como tal no existe, o no esta diagnosticado por haber otras premura sanitarias.

El miedo a lo desconocido es un miedo natural e innato y a la vez defensivo. Los miedos que nos entran a través de los ojos, de los oídos por los distintos medios de comunicación son miedos fóbicos adquiridos.

El miedo tratado en mi libro, por el cual hoy estoy aquí, es un miedo convertido en obsesión y por tanto un miedo adquirido y transformado en patología que ha destruido a su dueño convirtiéndolo en esclavo de él. Pero los esclavos pueden, en unos segundos de lucidez enmascarada,   producir el mayor de los terrores.

Nos preguntan ¿si el miedo vende? Solo tenemos que ver los  informativos dando como normal y cotidiano catástrofes atmosféricas o accidentes de avión o atentados inusuales, todo dentro de una absoluta normalidad o cotidianidad; cuando un tsunami acontece una vez cada mil año y un accidente de avión por cada un millón de accidentes automovilístico. Todo ello crea miedos adquiridos sin necesidad, cuando la propia cadena sabe que es noticia solo por lo irregular e inusual del suceso. Y sin embargo ello va a hacer que individuos normales se planteen ir en avión o visitar cual o tal país en medio del océano, creando un nuevo e innecesario miedo.

El miedo, Sí, vende.

Ahora sí,  podía adormecerme con el suavísimo balanceo del tren; con la seguridad de haber cumplido la mitad de mi compromiso con la editorial.

 

 

Azuaga y su comercio siglo XX

portada isa.jpgEste es el ultimo libro que he editado y distribuido por los puntos de venta de Azuaga.

El respeto y el cariño a la hora de trabajarlo, ha sido una constante. Espero y deseo que encontréis momentos olvidados, personas que en un momento dado tuvo un papel casi a  diario en vuestro día a día y sobre todo, os sirva para recordar y revivir momentos de vuestra infancia y de toda una vida pasada.

El siglo XX fue el siglo de las “luces de desarrollo” de Azuaga y fue el comercio el que floreció, no a la sombras, al lado de las emergentes minas……..